sábado, 22 de agosto de 2026

Javier Milei desde el psicoanálisis: una lectura freudiana de su discurso y su relación con el poder

¿Qué hace que un dirigente político pueda despertar adhesión incondicional y rechazo profundo al mismo tiempo? En el caso de Javier Gerardo Milei, la respuesta no parece estar únicamente en sus ideas económicas. También importa el modo en que habla, construye adversarios, representa la autoridad y convierte el conflicto en una parte central de su identidad pública.

Desde el psicoanálisis freudiano es posible estudiar esa escena. Sin embargo, hay una diferencia fundamental que conviene aclarar desde el principio: analizar un discurso no equivale a diagnosticar a una persona. Este artículo no determina la salud mental de Javier Milei ni afirma que tenga un trastorno. Es un ejercicio interpretativo basado en declaraciones, gestos y comportamientos públicos.

La pregunta más interesante, por tanto, no es qué supuesta enfermedad podría tener el presidente argentino. La verdadera pregunta es otra: ¿por qué su forma de ejercer el poder resulta tan eficaz para representar la rabia, la frustración y el deseo de ruptura de una parte de la sociedad?

Javier Milei desde el psicoanálisis

Qué puede analizar el psicoanálisis sin caer en un diagnóstico a distancia

Un diagnóstico clínico exige entrevistas, antecedentes, observación profesional y conocimiento del contexto personal. Un video, un discurso o una publicación en redes sociales no alcanzan para conocer la estructura psíquica de alguien. Una misma conducta visible puede responder a motivos muy diferentes.

Lo que sí puede hacerse es estudiar la figura pública como una construcción simbólica. En ese terreno, el objeto de análisis no es la intimidad de Milei, sino el personaje político que presenta ante la sociedad: el líder que combate a “la casta”, denuncia enemigos, promete una ruptura profunda y se muestra seguro de poseer una verdad que otros se niegan a aceptar.

Esta diferencia metodológica también es importante al abordar otras figuras controvertidas. En nuestro artículo sobre Jeffrey Epstein desde el psicoanálisis, por ejemplo, se distingue entre los hechos conocidos y las hipótesis que una teoría psicológica permite formular. Interpretar no significa leer la mente ni convertir una idea en una certeza clínica.

El Yo público de Milei y la construcción de un personaje combativo

En la teoría de Freud, el Yo intenta organizar las exigencias internas, las reglas sociales y las condiciones de la realidad. En la escena pública, Milei proyecta un Yo de gran tamaño: se muestra firme, autosuficiente y dispuesto a enfrentar prácticamente en solitario a un sistema presentado como corrupto.

Podría hablarse de una fuerte inversión narcisista en el personaje. Aquí “narcisismo” no significa simplemente vanidad o amor por la propia imagen. En sentido freudiano, se refiere a la energía psíquica colocada en el Yo y en el ideal que la persona desea representar.

El personaje de Milei parece necesitar una separación muy clara entre quienes comprenden su proyecto y quienes son ubicados del lado del error, el privilegio o la corrupción. Esa división protege la coherencia del relato: si el proyecto es verdadero y moralmente correcto, sus dificultades pueden atribuirse a quienes lo obstaculizan.

También puede pensarse que la vehemencia cumple una función defensiva. Hablar con absoluta seguridad, elevar el tono o responder con descalificaciones permite evitar una posición de duda. Esto no demuestra una fragilidad inconsciente, pero sí muestra cómo funciona el personaje político: la incertidumbre rara vez aparece como una opción aceptable.

El Superyó cruel: pureza, culpa y necesidad de castigo

Muchas personas imaginan el Superyó como una voz interior que ayuda a comportarse bien. Para Freud, sin embargo, también puede ser una instancia feroz, imposible de satisfacer y siempre dispuesta a castigar.

La retórica de Milei puede leerse como la expresión de un Superyó político severo. Palabras como “casta”, “parásitos” o “delincuentes” no solo describen adversarios: los colocan en una categoría moral. Ya no se discute únicamente si una medida es correcta o equivocada. El enfrentamiento pasa a ser entre quienes merecen conservar su lugar y quienes deberían ser expulsados del sistema.

Esa lógica ofrece una recompensa emocional. En momentos de crisis, encontrar un culpable reduce la complejidad y permite transformar la impotencia en indignación. El castigo del adversario se vive entonces como una reparación. Cuanto más culpable parece el otro, más justa parece la propia posición.

El problema es que un Superyó colectivo de este tipo nunca queda satisfecho. Siempre necesita descubrir un nuevo responsable, exigir otro sacrificio o señalar una traición. Por eso, la política organizada alrededor de la pureza moral corre el riesgo de vivir en una campaña permanente contra enemigos internos.

Agresividad, pulsión de muerte y fantasía de demolición

Freud sostuvo que la vida social obliga a limitar una parte de nuestra agresividad. No la elimina: la contiene, la desplaza o la transforma. Ciertos liderazgos obtienen fuerza al autorizar una agresividad que muchas personas sienten que debieron callar durante años.

Milei encarna con frecuencia la posibilidad de decir aquello que las normas de cortesía o las instituciones suelen moderar. Para sus seguidores, esa falta de filtro puede sentirse como sinceridad y valentía. Para sus críticos, en cambio, puede percibirse como violencia y degradación del debate público. El mismo gesto produce efectos opuestos porque cada grupo lo interpreta desde una experiencia emocional diferente.

La idea freudiana de pulsión de muerte también puede servir como metáfora para estudiar su discurso de ruptura. No significa afirmar que Milei quiera la muerte de alguien. Se refiere a una tendencia hacia la descarga, la desorganización y la destrucción de formas existentes. Cuando la promesa política se concentra en “terminar”, “arrasar” o “dinamitar” estructuras, la demolición puede adquirir más protagonismo simbólico que la construcción lenta de algo nuevo.

Esto no permite juzgar por sí solo una política pública. Sí ayuda a entender el atractivo emocional de una propuesta que promete destruir aquello que durante años fue vivido como fuente de frustración.

La Ley, el Estado y la figura del padre simbólico

En el psicoanálisis, la función paterna no se limita al padre real de una persona. Representa la entrada de una ley que establece límites y recuerda que nadie puede ocupar el lugar de la autoridad absoluta.

La posición pública de Milei muestra una tensión interesante. Por un lado, cuestiona al Estado, a numerosas instituciones y a buena parte de las reglas colectivas heredadas. Por otro, desde la Presidencia se presenta como la autoridad capaz de imponer un nuevo orden, definir quién tiene razón y señalar a quienes impiden el cambio.

La paradoja consiste en rechazar una Ley considerada ilegítima mientras se intenta encarnar otra de manera personal. Desde una lectura freudiana, esto puede interpretarse como una lucha no solo contra ciertas normas, sino también por el derecho a decidir cuáles merecen existir.

No es necesario investigar la relación de Milei con su padre real para formular esta lectura. El punto relevante es su posición simbólica: pasa del lugar del rebelde que desafía al poder al del gobernante que exige obediencia y sacrificios. Esa transformación obliga a sostener simultáneamente dos imágenes difíciles de conciliar: la del hombre que pelea contra el sistema y la del hombre que ahora conduce una parte central de ese sistema.

Transferencia social: el líder que dice lo que otros callan

En Psicología de las masas y análisis del yo, Freud estudió cómo los integrantes de un grupo pueden identificarse entre sí por medio de un líder compartido. El líder ocupa el lugar de un ideal: representa aquello que sus seguidores desean ser, recuperar o ver realizado.

Milei puede funcionar como receptor de una transferencia colectiva. Personas que se sintieron ignoradas, empobrecidas o humilladas encuentran en él una voz que convierte el malestar privado en acusación pública. “Él dice lo que yo no puedo decir” resume una parte de ese vínculo.

Esta identificación no significa que sus votantes tengan una patología ni que respondan todos a las mismas razones. Significa que un liderazgo político también se sostiene con afectos. La esperanza, el enojo, el miedo y el deseo de reparación pueden pesar tanto como un programa económico.

El líder ofrece además una reparación narcisista: si el grupo fue engañado o despreciado, la victoria de su representante se vive como una victoria propia. Atacar al líder puede sentirse entonces como un ataque personal contra quienes se reconocen en él. Así se explica por qué una discusión política puede volverse rápidamente emocional.

Qué dijo Nelson Castro sobre la salud mental de Javier Milei

El 21 de agosto de 2026, durante un pase de programas en Radio Rivadavia, el periodista y médico neurólogo Nelson Castro afirmó: “Milei tiene un problema psiquiátrico, claramente”. Relacionó su opinión con el aislamiento que atribuye al mandatario, su vínculo de dependencia con su hermana, su estilo de vida y la explosividad que observa en sus respuestas públicas.

Castro también sostuvo que, ante la crítica o la adversidad, Milei suele responder mediante la descalificación y el insulto. Interpretó esa reacción como una señal de inseguridad y de debilidad argumental. Sus palabras tuvieron repercusión porque fueron formuladas de manera directa y porque se produjeron después de nuevos enfrentamientos del presidente con periodistas.

Sin embargo, es importante presentar esa declaración por lo que realmente es: una opinión pública de Nelson Castro. No existe en sus palabras una evaluación clínica publicada, una entrevista psiquiátrica ni información suficiente para que el público pueda comprobar un diagnóstico. Su formación médica como neurólogo tampoco convierte automáticamente un comentario radial en una conclusión psiquiátrica.

La observación de Castro puede alimentar el debate sobre el estilo presidencial, la tolerancia a la crítica y los efectos políticos de la agresividad. Lo que no debería hacer es cerrar la discusión con una etiqueta médica. Decir que una conducta es preocupante, impulsiva o autoritaria es distinto de afirmar que responde a una enfermedad mental específica.

El peligro de usar la salud mental como insulto político

Cuando el desacuerdo político se explica automáticamente mediante una supuesta patología, se producen dos problemas. El primero es intelectual: se reemplaza el análisis de decisiones, discursos y consecuencias por una etiqueta imposible de verificar. El segundo es social: se refuerza la idea de que las personas con trastornos mentales son violentas, incapaces o peligrosas.

La conducta de un gobernante puede y debe ser examinada con rigor. Se pueden estudiar sus contradicciones, insultos, políticas y formas de ejercer la autoridad sin atribuirle una enfermedad. Incluso en casos históricos rodeados de delitos y representaciones culturales extremas, como explicamos al analizar la mente de Ed Gein y el monstruo detrás del mito, es esencial separar documentos, ficción e interpretación. Mucho más cuidado se requiere cuando se habla de una persona viva a partir de apariciones públicas.

Entonces, ¿qué revela esta lectura freudiana de Milei?

La conclusión más sólida no se refiere a la intimidad psíquica de Javier Milei, sino al vínculo que su personaje establece con la sociedad. Su discurso organiza el mundo mediante oposiciones claras: libertad contra casta, verdad contra mentira, ciudadanos productivos contra privilegiados. Esa estructura reduce la complejidad y ofrece una dirección concreta para el enojo.

Desde Freud, puede decirse que el personaje público de Milei combina una fuerte inversión narcisista, un Superyó punitivo, una agresividad poco contenida y la promesa de destruir un orden considerado injusto. También ocupa para una parte de la sociedad el lugar de un ideal del Yo: alguien que se atreve a enfrentar a quienes son percibidos como responsables del fracaso colectivo.

Nada de esto demuestra un trastorno mental. Sí permite comprender por qué sus insultos o exabruptos no son simples accidentes comunicativos. Forman parte de una escena política en la que la confrontación produce identidad, mantiene unido al grupo y confirma la imagen de un líder en guerra permanente.

Allí se resuelve la pregunta inicial. El poder simbólico de Milei no depende solo de lo que propone, sino de lo que permite sentir: alivio al encontrar culpables, orgullo al desafiar normas y esperanza de reparación mediante una ruptura total. El desafío democrático consiste en discutir esos afectos y sus consecuencias sin convertir el psicoanálisis en una herramienta para diagnosticar adversarios a distancia.

domingo, 16 de agosto de 2026

JOMO: qué es y cómo pasar del FOMO al placer de perderte cosas

Rechazas una invitación porque estás cansado y, durante unos minutos, sientes alivio. Pero luego abres Instagram y aparecen las fotos: tus amigos riendo, un concierto lleno, el restaurante del que todo el mundo habla. De pronto, la tranquilidad de tu casa parece una mala decisión.

Ese cambio no ocurre porque el plan haya mejorado mientras mirabas la pantalla. Ocurre porque comenzaste a comparar tu noche real con una selección de los mejores momentos de otras personas.

El miedo a estar perdiéndote algo tiene un nombre conocido: FOMO. Sin embargo, existe otra forma de relacionarte con todo lo que no haces, no ves y no consumes. Se llama JOMO y no consiste simplemente en quedarte en casa. Su verdadera clave está en aprender a elegir sin culpa.

Si te gusta este post, te invitamos a leer este post que explica por qué estar soltero mucho tiempo puede hacer más difícil volver a una relación.

JOMO: qué es y cómo pasar del FOMO al placer de perderte cosas

¿Qué es el FOMO y por qué genera tanta ansiedad?

FOMO son las siglas de Fear of Missing Out, que puede traducirse como “miedo a perderse algo”. Describe la preocupación de que otras personas estén disfrutando de experiencias importantes, divertidas o valiosas mientras tú quedas fuera.

El estratega Dan Herman comenzó a describir este fenómeno a finales de los años noventa. El acrónimo se hizo conocido después de que Patrick McGinnis lo utilizara en 2004 en una publicación de la Escuela de Negocios de Harvard. Mucho antes de las redes sociales ya existían la comparación, la necesidad de pertenecer y el temor a ser excluido. La tecnología no creó esas emociones, pero les dio una ventana abierta las 24 horas.

En 2013, una investigación que desarrolló una escala para medir el FOMO lo relacionó con una menor satisfacción de necesidades psicológicas como la autonomía, la competencia y la conexión con otras personas. También encontró asociaciones con un estado de ánimo más bajo y una menor satisfacción con la vida.

Esto no significa que el FOMO sea una enfermedad. No aparece como un diagnóstico psicológico independiente. Es una experiencia emocional que puede presentarse con diferente intensidad y que, cuando se vuelve frecuente, puede influir en el descanso, la concentración y la forma de tomar decisiones.

¿Por qué parece haber más FOMO después de la pandemia?

Durante la pandemia, millones de personas tuvieron que cancelar viajes, reuniones, celebraciones y proyectos. Al volver la actividad social apareció, para muchos, la sensación de que era necesario “recuperar el tiempo perdido”.

La agenda volvió a llenarse de experiencias presentadas como irrepetibles: el destino que debes conocer antes de que se masifique, la serie que tienes que ver para entender la conversación, el restaurante que quizá deje de estar de moda la próxima semana o el festival que promete ser histórico.

A esa urgencia se suma el funcionamiento de las redes sociales. Una persona puede pasar una tarde corriente y, en apenas cinco minutos, observar una boda, un viaje, una fiesta y cuatro logros profesionales. Aunque sabe que está viendo una selección, su cerebro puede interpretar esas imágenes como una medida de lo que debería estar haciendo.

El problema no es enterarte de que existen planes interesantes. Aparece cuando cada opción descartada se vive como una pérdida y cuando resulta imposible disfrutar de una decisión porque continúas pensando en todas las alternativas.

Qué es JOMO, el placer de quedarse fuera

JOMO significa Joy of Missing Out, es decir, “alegría de perderse algo”. Es la capacidad de renunciar a una experiencia sin sentir que tu vida vale menos por ello.

No se trata de rechazar todos los planes ni de convertir la soledad en una obligación. Tampoco implica borrar tus redes sociales, evitar a tus amigos o pasar el fin de semana entero en el sofá. Consiste en decidir qué merece tu tiempo y aceptar que cada elección obliga a dejar otras posibilidades fuera.

Una persona que practica JOMO puede ir a un concierto el viernes y disfrutar de quedarse leyendo el sábado. La diferencia está en que ambas decisiones parten de un deseo propio, no de la presión por demostrar que tiene una vida interesante.

Las primeras investigaciones sobre este concepto muestran una realidad más compleja que una simple oposición entre FOMO y JOMO. Un estudio publicado en 2024 relacionó niveles más altos de JOMO con un mayor bienestar psicológico, una menor comparación social y una relación menos intensa con las redes. Sin embargo, los investigadores advierten que todavía es un campo joven y que hacen falta más estudios.

JOMO no es aislamiento ni miedo a relacionarse

Hay una diferencia importante entre elegir la calma y evitar el mundo por miedo. Quedarte en casa porque necesitas descansar puede ser una decisión saludable. Hacerlo porque temes hablar con otras personas, ser juzgado o sentirte incómodo puede indicar ansiedad o evitación.

El JOMO nace de la libertad: “Podría ir, pero prefiero hacer otra cosa”. La evitación suele nacer del temor: “Quisiera ir, pero siento que no puedo”.

Tampoco consiste en convencerte de que ningún plan merece la pena. Una persona puede usar el discurso del JOMO para ocultar tristeza, agotamiento extremo o una dificultad creciente para mantener vínculos. El objetivo no es desaparecer, sino construir una vida en la que no necesites estar presente en todo para sentir que perteneces.

Señales de que el FOMO está dirigiendo tus decisiones

Puedes estar bajo la influencia del FOMO si aceptas planes que no deseas únicamente para evitar verlos después en las redes. También si consultas el teléfono durante una reunión para comprobar qué ocurre en otro lugar o si te resulta difícil descansar sin pensar que deberías estar produciendo, viajando o aprovechando el día.

Otra señal es la insatisfacción constante. Consigues entradas para un evento, pero dudas porque apareció otro mejor. Eliges una película y continúas buscando opciones mientras ya ha comenzado. Sales con tus amigos, pero miras las historias de otro grupo. Estás presente físicamente y ausente mentalmente.

El FOMO también puede aparecer en el consumo. Las ofertas por tiempo limitado, las tendencias y los productos virales utilizan el temor a llegar tarde. Así, una emoción social termina influyendo en compras, viajes y decisiones que quizá nunca habrías tomado con calma.

Cómo practicar JOMO sin desaparecer del mundo

1. Hazte la pregunta que cambia la decisión

Antes de aceptar un plan, pregúntate: “¿Realmente quiero estar allí o solo quiero evitar la sensación de no haber ido?”. No necesitas responder de inmediato. Unos minutos de pausa pueden separar el deseo auténtico de la presión social.

2. Elige según tus prioridades, no según la popularidad

Tu tiempo y tu energía son limitados. Si dices que sí a todo, acabas llegando cansado a aquello que de verdad te importa. Elegir implica renunciar, pero también permite dedicar una atención completa a las personas y actividades que conservas.

3. Reduce los estímulos que alimentan la urgencia

No es imprescindible abandonar las redes. Puedes desactivar notificaciones, retirar algunas aplicaciones de la pantalla principal o dejar el teléfono fuera del dormitorio. La idea es evitar que cada momento de aburrimiento termine convertido en una comparación.

No existe una cantidad de minutos válida para todo el mundo. Lo importante es observar cómo te sientes antes, durante y después de utilizar cada plataforma. Si entras tranquilo y sales con ansiedad, quizá necesites cambiar la forma de usarla.

4. Reserva espacios sin un objetivo productivo

El descanso no tiene que convertirse en otro proyecto que debas completar correctamente. Una tarde sin planes puede servir para caminar, cocinar, escuchar música o no hacer nada especial. El valor de ese tiempo no depende de que puedas fotografiarlo o contarlo después.

Al principio puede aparecer incomodidad. Estamos tan acostumbrados a llenar cada pausa que el silencio parece una pérdida. Si no huyes de esa sensación de inmediato, poco a poco puede transformarse en calma.

5. Aprende a decir que no sin elaborar una defensa

No necesitas inventar una enfermedad ni presentar una lista de obligaciones para rechazar una invitación. Un “gracias por invitarme, esta vez no iré” puede ser suficiente. Dar demasiadas explicaciones suele reforzar la idea de que descansar no es un motivo válido.

6. Comprueba qué ocurrió realmente

Después de perderte un plan, observa las consecuencias. ¿Pasó algo grave? ¿Tus vínculos cambiaron? ¿O simplemente tuviste una noche tranquila y la vida continuó?

Este ejercicio ayuda a desmontar la sensación de catástrofe que acompaña al FOMO. La mayoría de los eventos no son la última oportunidad y muchas conversaciones pueden retomarse al día siguiente.

Del bienestar digital a una forma diferente de vivir

El JOMO comenzó a difundirse como una respuesta al exceso de conexión. Christina Crook ayudó a popularizarlo con The Joy of Missing Out: Finding Balance in a Wired World. Svend Brinkmann profundizó en la moderación y el autocontrol en una obra publicada originalmente en inglés en 2019 y editada en español por Kōan en 2024 como La alegría de perderse cosas.

En 2026, Juan Evaristo Valls Boix amplió la reflexión con JOMO: El gusto de perder. El ensayo plantea que renunciar no siempre significa fracasar. En una sociedad que empuja a consumir, aparecer y rendir constantemente, decir “no” puede ser una forma de recuperar el deseo propio. 

Esta visión convierte el JOMO en algo más amplio que una técnica para usar menos el teléfono. También invita a cuestionar por qué sentimos que una vida valiosa debe estar llena de novedades, viajes, eventos y logros visibles.

¿Cuándo conviene pedir ayuda profesional?

Practicar JOMO puede ayudarte a establecer límites, pero no sustituye la atención psicológica. Si el miedo a quedar fuera provoca ansiedad intensa, afecta tu sueño, perjudica tus estudios o trabajo, o te obliga a revisar el teléfono de manera compulsiva, hablar con un profesional puede ser útil.

También conviene buscar apoyo si te estás aislando, has perdido el interés por actividades que antes disfrutabas o sientes tristeza de forma persistente. En esos casos, quedarse fuera quizá no esté proporcionando alegría, sino ocultando un malestar que merece atención.

No olvides leer el artículo que explica porqué las personas más inteligentes son menos sociables en nuestro blog De Psicología,

Perderte algo también forma parte de vivir

Nunca podrás asistir a todos los eventos, conocer todos los destinos, leer cada libro ni seguir todas las conversaciones. Intentarlo no amplía necesariamente la vida; en ocasiones solo divide tu atención.

El JOMO comienza cuando aceptas ese límite sin vivirlo como una derrota. Elegir un plan significa perderte otros, pero también te permite estar de verdad en el que has escogido. A veces, la experiencia que necesitas no es la que todos están mostrando, sino la que aparece cuando dejas el teléfono, cierras la puerta y descubres que no ocurre nada malo por no estar en todas partes.